Mujer en la ventana
Cada día realizo el mismo recorrido de camino a casa. Paso por el quiosco a comprar el periódico, deambulo por el césped del parque entre escombros y camino por las entrelazadas calles del centro para toparme con mi destino. Pero hay un pequeño lugar que me resulta peculiar y en cierto modo familiar, forma parte de mi rutina. Exactamente esta situado justo en el tramo en que me cruzo con la droguería del barrio, encima de ese establecimiento hay un balcón. A la misma hora todos los días una anciana se asoma por su ventana. Siempre vestida de luto, con un pañuelo de antaño repleto de polvo, una sortija dorada que no cesa de acariciarla y una fina medalla con una inscripción en el dorso. Ojos lánguidos que buscan algo en el horizonte, sonrisa apagada y un pañuelo empapado de lagrimas apenadas. Se sienta en una silla de madera, vieja y desolada. Así pasa el tiempo mirando hacia atrás, esperando un fantasma del pasado. No la conozco de nada, pero me inspira cierta simpatía cada vez que paso por su lado. Me paro y ella me saluda con una sonrisa forzada, tras el saludo vuelve a obsesionarse con avistar algo al fondo de la nada. Me cuentan que espera con paciencia a su hijo que vuelva de la guerra, que esta loca y no anda bien encarrilada. Ella sabe que murió en el campo de batalla por boca de otros, aun así desea verle con su propios ojos y lo espera cada tarde sentada a la vera de la ventana.
Dicen que la pérdida de un hijo es el trauma más difícil de superar. Y así lo demuestra la anciana.
Dicen que la pérdida de un hijo es el trauma más difícil de superar. Y así lo demuestra la anciana.

