miércoles, junio 08, 2005

Mujer en la ventana

Cada día realizo el mismo recorrido de camino a casa. Paso por el quiosco a comprar el periódico, deambulo por el césped del parque entre escombros y camino por las entrelazadas calles del centro para toparme con mi destino. Pero hay un pequeño lugar que me resulta peculiar y en cierto modo familiar, forma parte de mi rutina. Exactamente esta situado justo en el tramo en que me cruzo con la droguería del barrio, encima de ese establecimiento hay un balcón. A la misma hora todos los días una anciana se asoma por su ventana. Siempre vestida de luto, con un pañuelo de antaño repleto de polvo, una sortija dorada que no cesa de acariciarla y una fina medalla con una inscripción en el dorso. Ojos lánguidos que buscan algo en el horizonte, sonrisa apagada y un pañuelo empapado de lagrimas apenadas. Se sienta en una silla de madera, vieja y desolada. Así pasa el tiempo mirando hacia atrás, esperando un fantasma del pasado. No la conozco de nada, pero me inspira cierta simpatía cada vez que paso por su lado. Me paro y ella me saluda con una sonrisa forzada, tras el saludo vuelve a obsesionarse con avistar algo al fondo de la nada. Me cuentan que espera con paciencia a su hijo que vuelva de la guerra, que esta loca y no anda bien encarrilada. Ella sabe que murió en el campo de batalla por boca de otros, aun así desea verle con su propios ojos y lo espera cada tarde sentada a la vera de la ventana.

Dicen que la pérdida de un hijo es el trauma más difícil de superar. Y así lo demuestra la anciana.

miércoles, junio 01, 2005

Evolucionando hacia el infierno

Los seres vivos evolucionan progresivamente para adaptarse al medio en el que viven de una forma satisfactoria. Los que no renuevan, perecen. Tan sólo sobreviven los más fuertes y los más inteligentes. Yo seré un perdedor, de los que se rinden a la primera.

Veo en el futuro una ola de calor invadiendo la Tierra, no quiero admitirlo. Aumentan progresivamente los grados del termómetro cada verano, una vez más deseo que retorne el invierno. Mi piel se prepara, se modifica, se oscurece para prevenir los rayos del sol. Veo tierras yermas, veo menos costas, mas agonía. Veo también pieles blancas convertidas en cenizas, huelo menos oxigeno en el ambiente, alcanzo ver con la vista un cementerio de árboles... Mi cuerpo no está lo suficientemente preparado para sobrellevarlo. La piel me arde al contacto con el agua, el viento me azota con rabia la cara y me ensucia con su arena. Moribundo camino en un lago de penurias, deseando volver al pasado. Una botella de plástico semienterrada se mofa en mi cara. El cielo oscurecido deja ver minúsculos boquetes de luz producidos por los múltiples agujeros en la capa de ozono. Los rayos me abrasan, el sudor recorre todo mi cuerpo, mi garganta es un infierno... pero tengo frío, mucho frío.

lunes, mayo 30, 2005

Microrelato

Mi cuerpo se balanceaba suavemente hacia los lados al ritmo de la canción que sonaba mientras mis labios la tarareaban compulsivamente. La gente se sorprendía al verme bailar con tanto ímpetu. Las luces brillaban con más intesidad que de costumbre, el ambiente que me envolvía era genial. Simplemente estaba feliz. Era mi boda y ni siquiera la silla de ruedas me había impedido disfrutarla.


Relato que lo escribí en Microrelatos, un blog en el que se pueden escribir y leer todo tipo de microrelatos.

domingo, mayo 29, 2005

El avistamiento

Su desmesurada altura se alzaba ante mi en tono amenazante. Reinaba el silencio, excepto por el molesto pulular de los grillos. El campo lo acogió con sus brazos como si se tratara de su padre, se amoldó al suelo con estilo y perseverancia. De pies anchos, cabos y andar renqueante, demostraba su patosidad al caminar por terrenos desconocidos. Su figura parecía estar tallada por el mejor ebanista del universo, perfecta e impecable. Cabeza bombacha de prominente cerebro adornada con unos pequeños ojos saltones y la silueta de una posible boca dibujada en el centro, poco más arriba de donde debía de haber estado la nariz. No tenía cejas ni nariz, ni siquiera orificios nasales para respirar. Las orejas dos agujeros de forma triangular. Cuello de princesa estilizado y largo que le concedía más delicadeza al cuerpo de la que ya disponía. Sus extremidades dos barras de pan inflexibles que desenbocaban en unas manos de cartón y unos pies descritos anteriormente. La piel azulina, abundante en escamas brillantes envolviéndolo en un halo de luz propia que le hacía misteriosamente misterioso. Su delgadez me escandalizó, las costillas le aprisionaban el cuerpo de forma distinta, su estructura ósea era demasiado compleja. Se acercó hasta mi situación dejando a la espalda su caja transbordadora. La música celestial que surgió de su boca me embelesó, aun así entendí lo que me dijo. Soy Dios, murmuró. Pero yo tan solo veía a un triste extraterrestre consecuencia de la hambruna, que las peliculas americanas han sabido inculcarnos.

jueves, mayo 26, 2005

Un hola sin importancia

Andaba meditabundo y despistado por los fríos adoquines de una calle de Barcelona. Miraba el suelo con detenimiento, escuchando mi respiración entrecortada debido a la pequeña carrera para refugiarme de la lluvia. Entonces tan solo chispeaba de mala gana. De un portal cercano apareció un hombre con gabardina que venia en mi dirección. No era ni lo suficientemente alto ni lo suficientemente bajo, ni lo delgado ni gordo que debería de ser, no era ni demasiado rubio ni demasiado moreno. Ni siquiera sé porqué captó mi atención. Pero así fue, me fijé en él. Quizás porque era la única persona que caminaba por aquellas callejuelas a tan altas horas de la madrugada. Sus pasos repicaban en las paredes resonando en el ambiente. Aquellos segundos antes de pasar junto a él me parecieron eternos. Cuando estuvimos cara a cara nuestras miradas se cruzaron, él hizo un ademán de levantar la mano, me temí lo peor. La elevó lentamente y... me saludó con un "hola". Estupefacto no supe como reaccionar y tartamudeando respondí con algo parecido. Levanté la mano imitándole y proseguimos nuestros caminos. No lo conocía, por lo menos estaba seguro de no recordarle. Nunca anduve por esa zona, ni me conocían por allí. Siempre queda la duda de la identidad del que te saluda pero a priori no lo reconoces. Y mi duda nunca la resolveré. Me tendré que contentar con respuestas sin sentido para quedarme tranquilo. A veces los desconocidos también se saludan por la calle en las situaciones más inhóspitas.

miércoles, mayo 25, 2005

El perro verde

El perro verde caminó desde su casa hasta el supermercado del barrio como cada día. Ataviado con el mejor traje de su armario, impropio para salir a comprar pero que le atribuía una sensación de seguridad y bienestar. Entró tras la puerta automática del establecimiento y los murmullos reinaron en la sala. La gente, como de costumbre, cuchicheaba sobre él. De siempre pensó que se sorprendían por la extravagancia de su vestimenta, pero pronto supo que se reían del color de su piel y la fealdad que le caracterizaba. Hizo oídos sordos y continuó por el pasillo en busca de las conservas. Una vez las introdujo en el carro, los murmullos le penetraron de nuevo sus caídas orejas perrunas. Una jauría de perras mustias agazapadas en una esquina de la estanteria parloteaban sonidos molestos que solo ellas escuchaban. El perro verde no soportaba sus habladurías, pero aun así prosiguió por el pasillo hasta la caja. La cajera, que ya le conocía, no se sorprendió al ver el color de su piel. Le cobró por los productos y antes que se fuera le preguntó:

- Señor perro, ¿porqué no se a cambiado ese color tan verde y tan feo de pelo con el que nació?
-Pues por una simple razón, por que yo nací de color marrón y me apetecía ser tan verde y tan feo.
Las señoras perras al escuchar sus declaraciones se escandalizaron de tal forma que abandonaron el establecimiento de inmediato. El perro verde se contentó con ver los rostros desencajados de las señoras, y supo que nunca más le molestarían.

El perro verde salió del establecimiento con la lata de conservas y desató al humano que había atado a la farola para soltarle un trozo de jamón. Continuó por la avenida con el pecho henchido camino de la peluquería, tenía ganas de cortarse el pelo, algo más radical que hiciera mella en los demás. Simplemente le gustaba ser diferente.

martes, mayo 24, 2005

Alguien desconocido

Miro de soslayo hacia un lado mientras escribo estas palabras. Hay alguien que me observa sentado al otro lado de la habitación. No lo conozco. Es un niño de unos doce años, de tez blanquecina como la nieve, enclenque, de mirada triste, cuencas prominentes y ojos llorosos. Está acurrucado en una esquina de mi cama, con las piernas y los brazos entrelazados. No para de examinar mis movimientos, me penetra la espalda impávido. De vez en cuando mueve lentamente el brazo hacia su cabeza y con un gesto rápido se rasca sin miramientos. Se mantiene en silencio y sabe que yo escribo sobre él. Vestido con poca y mala ropa deja al descubierto sus huesudas piernas colmadas de morados testigos de su fatalidad. Tiene frío, lo sé por los temblores que recubren su cuerpo, no es más que un niño sin protección. Me ha dicho que quiere ser mi amigo, me ha dejado entrever su dentadura ensangrentada mientras me lo decía. Tengo miedo. No quiero dejar de teclear en el ordenador. No quiero acercarme a su lado. La radio se ha encendido sola. El niño murmura palabras sin sentido, palabras con aliento a crueldad. Se acaba de levantar y se acerca a paso lento. Terminó de desaparecer en mitad del camino que nos separaba, tan solo me ha llegado el viento que propició su desaparición. Ya puedo respirar tranquilo. Quizás ahora se encuentre en tu habitación y no te diste cuenta porque está justo detrás de ti, mirándote detenidamente mientras lees estas líneas. Sentado en tu cama, diciéndote que quiere ser tu amigo mientras deja caer una pastosa baba de color rojizo. La radio se ha encendido sola.